domingo 6 de marzo de 2011

A TOXA - XV: DE NUEVO EN LA CIVILIZACIÓN

Desembarcaron a unos doscientos metros de la Torre, hacia el norte, en un pequeño embarcadero. La casa de Alberto quedaba muy cerca, mismo encima del mar; hacia ella se fueron nada más poner el pie en tierra y él empujó la puerta con fuerza pero no se movió ni un centímetro.-Vaya, no sabía que estuviera tan fuerte, se dijo, habrá que usar el plan B-.
Todos le miraron y él marchó sin decir nada rodeando la casa por la parte de atrás, que era la que daba al mar; cogió un pequeño canto rodado del suelo y de un pequeño golpe, rompió un vidrio que dejó espacio suficiente para que él introdujese la mano e hiciera girar la falleba para abrir la ventana correctamente. De un salto se introdujo por ella y fue a abrir la puerta principal. Adelante, pueden entrar en mi humilde morada,- dijo, haciendo un amago de genuflexión en broma-, y todos entraron para dentro; el primero fue el perro, que enseguida empezó a husmear por todos lados; luego entraron los dos marinos y como el señor Benito ya conocía la distribución por haber estado allí muchas veces en vida del padre de Alberto, se dirigió a la cocina, donde sabía que aparte del fogón, que en aquel momento estaría, naturalmente , apagado; había una larga y recia mesa donde había comido y bebido con su amigo hacía muchos años. Priscila quiso ser la última y Alberto se lo agradeció; se acercó a ella, la tomó en brazos, le dio un largo beso en aquellos gordezuelos labios que lo volvían loco, y la introdujo en casa. ¿Que haces bobo?-Dijo ella apretándose más contra él-. -Pues ya ves, quiero meterte en mi casa y en mi vida en brazos, como acostumbran hacer los recién casados.
-Pero nosotros no estamos recién casados-contestó ella-
-Tiempo al tiempo mi amor... Estas cosas se hacen bien o no se hacen.
-¡Tu no eres un hombre, cariño, tú eres un Sol! -Y volvió a besarle de aquella forma que solo ella sabía.
Sacó de la alacena una botella de vino tinto y unas tazas, y las puso sobre la mesa: Tienen que perdonarme pero ya saben que aún no tuve tiempo de hacer la compra, así que les invito a lo que hay en casa, y después de tanto tiempo desocupada, lo único que queda servible supongo que será el vino.
-Gracias hombre, -dijo señor Benito- pues vamos a probarlo a ver si vale.
Señor Benito siempre hablaba gallego, pero ahora estaba haciendo una excepción, aunque le costaba, en honor de la muchacha que aunque aún no les había dicho quien era; a estas alturas ya sabía que tenía que ser una persona importante y además, se veía que quería a aquel marinero, hijo de un gran amigo, y eso era magnífico. Echó un poco de vino en la taza de su compañero y luego en la suya, las tomaron en la mano y dijo: Adolfo, brindemos por el amor de estos jóvenes, que son el futuro; mientras nosotros empezamos a ser el pasado. El vino estaba bueno, los jóvenes se oían abriendo y cerrando puertas, señal de que Alberto le enseñaba su humilde casa a la muchacha y hablaban despreocupados de sus cosas. Cuando entraron en la cocina ya traían decidido dónde iba a dormir cada uno, y Alberto se había ofrecido a ir a buscar unos cubos de agua para calentar y luego bañarse ambos; la fuente con su lavadero quedaba a unos cien metros de la casa y sería un momento; pero antes había que atender a sus invitados, aunque no tuviera nada que ofrecerle.
-Señores,- dijo Alberto – nada me gustaría más en este momento que tener una buena cena que ofrecerles; pero como bien saben, no tengo absolutamente nada. Solo había esa botella de vino y me acordé de casualidad. Después de tanto tiempo la casa cerrada, no podía ser de otra forma; por lo menos aún no acumuló demasiado polvo; espero que me entiendan.
-¿Y cómo no te vamos a entender hijo?; pero hoy aquí se va a cenar, de eso me encargo yo – afirmó el señor Benito- Encima de esta mesa he comido y bebido muchas veces, invitado por tu padre, que en gloria esté, y hoy voy a ser yo quien os invite a vosotros.
-Por favor señor Benito, le agradecemos su amabilidad pero no hace falta, ya sabe que nosotros venimos de hacer vida de ermitaños; por lo tanto no necesitamos nada.
-No se hable más,-dijo sacando un puñado de billetes del bolsillo- esto está decidido y basta: Adolfo, vete a la taberna y traes chorizos, queso, jamón, frutas, vino... Y lo que tú veas conveniente; eso sí, que no se te olvide traer una hogaza de pan entera. Toma, después me das la vuelta, y ven rápido, que no nos vamos quedar a dormir aquí. Y tu Alberto, enciende el fogón, que ahí tienes buena leña y a esta casa le hace falta un calentón, ¿no notas el olor a humedad?...Pues eso se le saca a base de leña seca.
-Si, señor Benito, tiene razón, y hoy, aunque sólo sea por ser el mayor, le obedeceremos en todo; pero también tiene a su favor el pago de la cena, así que esta noche considere que está en su casa y nosotros haremos lo que mande.
- No, no, la casa es tuya y yo soy tu invitado; el pago de la cena no es nada comparado a lo que ésta muchacha hizo por salvar y rejuvenecer a Pepito. Yo sé que lo traté muy mal y me arrepiento de ello, al ver su comportamiento estos dos días me dí cuenta de lo inteligente que es y lo burro que fui yo ; y puedo deciros que a pesar de mi brutalidad, lo quería mucho, lo que pasaba era que no sabía tratarlo de otra forma; porque así es como todo el mundo trata a los animales. Tuvo que ser ésta chica, que es un Ángel, quién me abriera los ojos y me hiciera comprender que los burros “también son criaturas de Dios”.
-Eso está muy bien señor Benito, yo se lo agradezco de corazón, y espero que a partir de hoy vea a los animales de otra forma, pero ahora dejémonos de eso -dijo la chica,
-ahora, en cuanto llegue el bueno de Adolfo, degustaremos su cena; yo volveré a probar sabores ya olvidados y brindaremos por nuestra nueva amistad. El tiempo que esté aquí, que serán muy pocos días; me gustaría que pase a visitarnos cada vez que pueda, y me queda por decirle algo muy importante para mí, empezando por decirle que han sido ustedes muy discretos y se lo agradezco. Ahora voy a preguntarle si no se enteró de la desaparición de la hija del Duque, Don Pedro.
-¡Claro que me enteré! Ya hace unos años, sus hombres anduvieron por toda la zona en su busca pero fue imposible encontrarla, ni rastro de ella. Claro que ellos tampoco sabían hacia donde podía haberse ido, por eso se repartieron buscando en todos los puntos cardinales, pero fue imposible. Pero...¿Porque me hace esa pregunta?- dijo el viejo achicando los ojos al mirarla-
-¿Usted que cree? -Preguntó ella a su vez- mirándolo de frente con un amago de sonrisa.
-Pues ahora no lo sé porque creo que usted sabe más que yo; pero en aquel momento pensé que se había pasado a Portugal. Decían de ella que era muy culta y hermosa a más no poder...algo así como usted...Pienso yo.
-Bueno señor Benito, pues piensa usted muy bien; porque aquella moza está ahora delante de usted.
A pesar de que a estas alturas ya lo intuía, señor Benito se puso pálido como un muerto.
-Desde que me preguntó por el tema, ya me olía algo, pero neniña, a estas alturas ya no tengo el cuerpo para estas sorpresas. Nada menos que la Duquesita desaparecida y dada por muerta, en la casa de un pobre pescador desaparecido y dado por muerto en una tempestad; y ahora aquí ambos de cuerpo presente, vivitos y coleando, hablando conmigo como si fuéramos amigos de toda la vida. Esto no me puede estar pasando a mí, yo no soy más que un cascarrabias y mal marinero que solo sabe maltratar a las bestias.
-No sea tan duro consigo mismo señor Benito- dijo Alberto acercándose cuando estuvo seguro que la lumbre no se apagaría- usted es una buena persona y basta; no cabe duda de que ha sido algo bruto, pero ¿Quien no lo sería en las condiciones que usted se crió, así que...Pelillos a la mar. Por encima de todo es mí amigo, porque también lo fue de mi padre y yo quiero honrar su memoria; y creo no equivocarme al decirle que “La Duquesita” como usted la denominó, también le estima mucho y siempre será su amiga; ¿verdad Pris?
-Absolutamente, amigos hasta que la muerte nos separe señor Benito.
El viejo estaba tan emocionado, que empezaron a caerle unos lagrimones que él trataba de ocultar, quería pasar por un hombre duro y llorar era de mujeres...¡Que vergüenza! Pero Priscila al darse cuenta le echó los brazos al cuello y puso sus labios maravillosos sobre aquellas lágrimas que le sabían a padre y madre al mismo tiempo.
-Deje salir su emoción señor Benito, eso no le hace mal a nadie y dice mucho en favor de la persona que tiene unos sentimientos tan hondos; usted es el padre que cualquiera querría tener.
-Gracias muchacha, tus palabras son un bálsamo para mi espíritu.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada