domingo 6 de marzo de 2011

A TOXA - CAPITULO XVI: DE NUEVO EN SOCIEDAD

En ese momento llamaron a la puerta y supieron que era Adolfo, que regresaba; Alberto le fue abrir y ayudarle con todas las vituallas que no se explicaba como había podido traerlas solo hasta allí.
-Pero bueno, ¿ esto es para celebrar una boda o que? -Dijo Alberto entrando e la cocina-
-Eso mismo me dijo la tabernera, y si había recibido alguna herencia, pero yo no le hice caso.
-Oye, ¿No te habrás ido de la lengua no? -Dijo señor Benito alterado-
-¡Claro que no! Pero usted ya conoce a la tabernera, que si le dejaran gobernaba a todo el pueblo y es un pozo de información; ella sabe que yo no tengo medios para estos dispendios y empezó a tirarme de la lengua; yo no sabía que responderle y entonces le dije que esto me lo había encargado usted porque hoy tenía unos invitados importantes; pareció creerme pero aún dijo que así y todo eran muchas cosas, que cuantos invitados eran y que celebraban; le dije que no sabía si eran cinco o seis y que eran amigos que conocía de otros puertos y como estaban por aquí, los había invitado; aún quería seguir preguntando más pero entonces le dije: Mira Manuela deixa de darlle á lingua e despáchame que teño presa.
-Arre Demo, non cho pregunto por mal home, xa sabes que eu non son ninguha lercha.
-¿Hai non? Pois eu non me decatara, mira ti que parvo son.
- Muy bien Adolfo, a estas horas aún estará preguntándose para que será todo eso; y no le importa nada- dijo señor Benito- ¡Será metomentodo!.
Bueno muchachos, ahora quiero que os sentéis a la mesa, y aquí todos como si fuéramos una familia vamos a comer algo porque nosotros dos casi no comimos en todo el día, pero de vosotros puedo decir que no lo habéis hecho en mucho más tiempo; en el caso de la chica varios años ¿No es así?
-Sin ninguna duda señor Benito, a ver, vamos a sentarnos y a probar estos manjares, que luego habrá que dormir algo, que ya se está haciendo tarde. Alberto, dame el cuchillo para partir el pan, y tu Adolfo, abre el vino, y Alberto que traiga unos cuchillos , si hay, para que cada uno parta los chorizos y el queso según guste,¡Jesús que comilona!
-Mira nena, para los chorizos no hace falta cuchillo, se coge así entero con una mano y con la otra el pan, y se va comiendo así directamente, tal como vienen, a mí es como mejor me gustan, pero si hay alguno que los quiera calentar al fuego, allá él.
Así pasaron una media hora conversando y riendo mientras degustaban aquellos sabrosos bocados y señor Benito se manifestó como un excelente anfitrión, porque así lo consideraban todos a pesar de estar en la casa de Alberto. El hombre sabía comportarse y se le veía un refinamiento, incluso al hablar, que no era natural en un marinero; Priscila, abusando de la confianza que habían tomado, le pregunto: Señor Benito, a mi me parece que usted no es solo ese torpe marinero que nos contó; yo creo que, por su comportamiento en la mesa y por sus palabras, es una persona de mundo, culta y bien educada,¿Me podría hablar de eso?
-Va...Va... No te creas todo lo que ves, es que yo siempre he sido un presumido que me gustaba aprender buenos modales, y cuando era joven miraba a los nobles y trataba de imitarlos...Hablando despacio y pronunciando bien...Comiendo con el cuchillo y el tenedor bien agarrados... sonriendo discretamente cuando la ocasión lo requería, en fin...Traté de aprender todo lo que pude, incluso fui a escuelas de noche cuando ya tenía dieciocho años y era casi analfabeto; así aprendí a escribir y expresarme mejor, y eso me valió mucho cuando embarqué en la mercante. Recorrí los puertos de casi todo el mundo y entré de marinero pero pronto me ascendieron a contramaestre; era normal, los marineros eran todos analfabetos, no se podía esperar otra cosa de hombres que de niños, con diez o doce años, habían empezado a ir al mar; yo también fui uno de esos niños, pero gracias a mi fascinación por aprender más, destaqué un poco sobre los demás y gracias a eso, viví mejor y gané mucho más.
-Vaya, señor Benito, pues sepa que me siento orgullosa de usted; a eso se le llama tesón y ganas de ser algo en la vida. La cultura y el refinamiento en la educación no es un coto privado al que solo pueden acceder los nobles o simplemente los ricos; eso es algo para lo que todos estamos capacitados si tenemos la fuerza de voluntad necesaria para ello; y por lo que veo, usted la tuvo; y estoy segura de que se siente feliz y orgulloso de ello.
- Ya lo creo, me permitió ser más libre, tener mejor trabajo, e incluso casarme con la mujer que me gustaba, que de otra forma nunca hubiera conseguido, ya que era de una familia acomodada y muy culta, había estado en un colegio de monjas y era maestra de escuela; fuimos muy felices, tuvimos dos hijos y una hija y la pobre, en el último parto no quedó bien y se nos fue unos meses más tarde. Yo quedé destrozado, no era capaz de levantar cabeza pero los niños me necesitaban y fueron los que me hicieron recapacitar y echarle coraje a la vida. Yo ya tenía cuarenta y cinco años y quedé solo con tres niños, la mas pequeña una recién nacida que tuve que alimentar a biberón. Fueron años muy duros para mí; pero ahora ya todos se casaron, viven bastante bien y yo soy un superviviente de todo aquello, y disfruto con la felicidad de los demás. Como ahora al veros a vosotros, tan jóvenes, tan enamorados y tan buena gente... que a veces me dan esas tonterías de llorar de alegría al ver a mi alrededor tanta felicidad.
Mientras Priscila y el señor Benito sostenían esta conversación; Alberto y Adolfo no se estaban callados, y hablaban de gente que conocían ambos, del negocio de la pesca, que Adolfo sostenía que todo aquel que pudiera librarse de ir al mar podría sentirse dichoso; los pescadores eran unos simples desgraciados que hacían un trabajo muy duro y peligroso y no le era reconocido y lo que ganaban apenas les daba para comer.
-Bueno amigo Adolfo, considero que es hora de dejar a los muchachos para que descansen, nosotros nos vamos; mañana quiero ayudar en lo que pueda, así que quiero que me digáis a que hora os conviene que venga por aquí para lo que mandéis.
Los jóvenes se miraron y fue la chica la que dijo con desparpajo: Yo hasta las doce no pienso levantarme, así que le ruego que hasta la una no aparezca por aquí señor Benito.
-Yo estoy de acuerdo con ella, añadió Alberto, lo siento pero hoy aún tenemos mucho que hacer antes de acostarnos, que por cierto, me gustaría mostrarles cómo vamos a dormir; vengan por aquí, y salió hasta el pasillo; miren, en esta habitación va a dormir Priscila, y aquí, al otro lado del pasillo, dormiré yo; porque ésta ya era antes mi cama, y a ella le gusta aquella porque tiene una ventana al mar; a sus pies, encima de aquella alfombra, dormirá Pardo, el perro que nunca se separa de ella; allí, en el final del pasillo tenemos el escusado, que va directo al mar. ¿Que les parece? ¿Será adecuado para una futura Duquesa?
-Sinceramente: Creo que no, -Dijo el señor Benito- Una Dama tan importante tiene que estar en su Pazo, así que no te descuides; aunque después de lo que ha pasado, ésto le parecerá la corte de un Rey.
-Bueno, pues ahora nos despedimos hasta mañana, y a eso de la una vengan por aquí que comeremos juntos y aún tenemos mucho de que hablar. Buenas noches y hasta mañana.
-Buenas noches amigo, y alzando la voz repitieron ¡Buenas noches jovencita!
-Hasta mañana amigos- dijo la muchacha-
-Nada más cerrar la puerta detrás de sus amigos, los muchachos se abrazaron eufóricos; por fin, aunque fuera en pequeña dosis, volvían a la vida social. Ahora Alberto cogió dos cubos grandes y salió diciéndole a Priscila que iba a por agua; ella cerró la puerta tras él y fue a remover las camas y luego recogió la mesa. Alberto no tardó en volver y vació los cubos en una olla grande a propósito para ese menester, y la puso sobre el trébede que descansaba sobre el fogón; luego volvió a salir y volvió con otros dos cubos rebosantes, con uno lavó el balde de madera que reposaba a un lado y luego lo llenó con el resto del agua; le puso la tapa e informó a Priscila que aquella era el agua de beber. El otro lo llevó a un pequeño recinto que estaba al lado del escusado, y en el que Priscila no había reparado, y al abrirlo había una bañera grande que le mostró a la chica diciéndole que el agua fría era para regular el calor de la caliente, y que se fuera preparando que enseguida le preparaba el baño. Así fue como tomó el primer baño caliente, bien enjabonada, y parándose cuidadosamente en su largo cabello, no solo para lavarlo, sino para desenredarlo a conciencia. Tardó más de media hora y por su gusto continuaría metida en aquella cómoda bañera mucho más tiempo; pero se acordó que aún tenía que bañarse él y por lo tanto decidió salir sin demora. Vistió una camisa larga que estaba en el armario de su habitación sin haber sido usado y que seguro era de Alberto, y se fue a su cama que encontró mullida y relajante.
Ahora le tocó el turno a Alberto que añadió el otro cubo de agua caliente a la bañera, se introdujo en ella y se quedó allí acostado un buen rato sin mover ni un músculo, luego comenzó a enjabonarse y frotar todo su cuerpo, desde la cabeza a los pies; cuando estuvo satisfecho se secó bien y luego vistió unas calzones y una camiseta y se fue a cama. El perro había comido y bebido sus raciones en la cocina y en aquel momento ya estaba dormitando a los pies de la cama de su ama, era posible que ella se hubiera dormido; el día había sido ajetreado y ya era muy tarde; por lo tanto se fue directamente a su cama.

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