domingo 6 de marzo de 2011
A TOXA - CAPITULO XIV: EL REGRESO
-Al día siguiente, cuando el Sol había alcanzado su cénit, vieron aparecer la barca acercándose a la Isla. Alberto corrió a esperarla para amarrar el cabo que le lanzaron desde a bordo y lo amarró a una piedra que ni que la hubieran puesto allí a propósito. El barco venía totalmente limpio y los dos hombres bajaron a tierra alegres y sonriendo.
-¿Qué tal, todo listo?- Dijo el señor Benito-
- Si señores, total temos pouco que levar, eu diría que só os nosos corpos, e o can claro; o burro será mellor que quede aquí logo.
-Sí, nos coidaremos dél; non lle terei en conta o que me fixo onte que senón, tería que darlle unha boa zurra.
-Que non sepa eu que lle pon un unha man encima, senón son capaz de poñerlla eu a vostede.
-Non te preocupes neno, que diso encargome eu- dijo Adolfo-
En este momento llegó la chica seguida del perro, el burro se había quedado comiendo yerba entre la espesura, se acercó presurosa diciendo: Veñan comigo, teño que enseñarlle o que lle dixen onte. Y pasó prácticamente de largo sin mirar a ninguno. Ellos la siguieron presurosos y después de un buen trecho hacia el norte, divisaron una playita coqueta donde terminaba la campiña; las olas morían en aquella playa de una forma reposada, como lamiendo la arena mansamente. Ella se volvió y dijo: ¿Ven ista praíña pequena?
-Si claro, asintieron todos.
-Pois aquí foi onde saquéi a Alberto, aquí mesmo fíxenlle o boca a boca, porque xa non respiraba, tiña os pulmons anegados dauga. E aquí…Empecéi a querelo.- Hay que sorte tivo o condenado- dijo riendo el señor Benito-non había ser eu-.
- Cala Benito cala, ti e mais eu xa non estamos para esas cousas.
-Tí fala por ti ¿Sí? que eu inda ben podo.
-¡Calade todos! Que se viñemos aquí foi por algo; e isto é outro favor que vos vou facer; anque non estou segura que o merezades. Ista é a praia de San Sebastián. Gravade ben o nome na cachola. E as parexas que non poidan ter fillos, teñen que vir aquí de noite, coller berberichos que aquí hai moitos, mirade- y con las manos sacó fácilmente un puñado, que empezó a abrir y comer- logo teñen que aparearse aquí enriba desta area e así Terán fillos. Para que iso sea mais seguro, deben esperar a que pasen catorce días desde que a muller tivo o último sangrado; os millores días son entre o catorce e o dezaseis; e inda hai mais, se a lúa é minguante sairá unha nena e deberá chamarse: Sebastiana; e se a lúa e crecente será neno e entón chamarase: Sebastián. ¿Entendestes ben?
-Mais ou menos. Dijo el señor Benito. Así así dijo Adolfo moviendo una mano.
-Pois debedes facer un esforzo por entendelo ben, porque isto tamén vos vai reportar cartos. En canto empecedes a dicir por ahí a eficacia desto, moitos matrimonios que desexan ter fillos e non o consiguen; acudirán a vos para que os traiades aquí. ¿Non vos dades conta?
-Si claro, xa pensaramos neso, mais despois pódesnolo repetir ¿SÍ?
-Claro que sí, e senón preguntádeslle a Alberto. Agora vouvos ensinar o manantial, que é o mais importante; pero queda na outra banda, así que toca andar.
De camino al manantial ella iba delante a marcha de granaderos; y los otros detrás, a veces tenían que echar una carrerilla para acercarse a ella; mientras tanto le preguntaban a Alberto por lo que ella les había dicho en la playa pero éste, que en realidad no sabía nada de todo aquel discurso, les contestaba que tampoco él lo había entendido bien; por lo tanto ya le pediría a ella que se lo explicase detenidamente y luego ya se lo diría a ellos. De pronto llegaron a la zona de las aguas calientes, al este de la Isla, y ella antes de mostrárselas, le enseñó su cueva, de lo que ellos quedaron admirados por lo organizada y limpia que estaba. El perro permanecía acostado a la puerta como era su costumbre cuando ellos salían sin llamarle, ella le dijo que saliera y se fue a dar una vuelta sin alejarse mucho.
-Hoxe antes de marchar, taparemos ista cova con polas de Piñeiro ou outra cousa semeñante para que nadia a vexa; e vos seredes os encargados de que nadia entre aquí; se alguén pregunta que é, decídeslle que é a cova da Toxa e que ahí non se pode entrar para non despertar a súa ira, ¿Queda entendido?
-Sen ninguna dúbida, -contestou señor Benito mentras Adolfo asentía coa cabeza.
-E daquí en diante, cando vos refirades a ista Illa, quero que digades a Illa da Toxa, para que ise nome lle quede metido na cachola a todo ó mundo.¿De acordó?
-De acordó, o que vostede mande. E dígame unha cousa, ¿Cómo lle chameremos a aquel illote pequeno questá alí cara ó nordés.- Ella miró y se quedó dudando, hasta que Alberto la vino a sacar de apuros diciendo: Isa é a Toxa Pequena.
-Moi ben, pois penso que xa está todo arranxado- dijo señor Benito- por certo, ¿Dónde raio anda o burro oxe?
-Priscila lanzó el consabido silbazo y el Pepito apareció trotando y rebuznando loco de alegría.
-Mal raio ó parta, parece un mozo; e eu que pensei que xa estaba dando malvas fai unha chea de tempo, ¡Manda carallo con don Pepito!
El burro les echó una mirada y se fue directo al agua, se metió en el mar mientras su antiguo dueño y su compañero lo miraban asombrados, y se introdujo más al interior hasta que encontró su agua tibia de siempre y se sumergió hasta que se le perdió de vista el lomo y hasta la misma cabeza. Aquello era increíble.
-Ahí tenéis el manantial,-ellos miraron sin comprender- el burro os lo está mostrando, mirar allí.
-Pero ¿Cómo vai a haber auga quente no medio do mar? Dijo ahora Adolfo.
-A cousa é fácil,- contesto Alberto,-se non o cré, saque a roupa e vaia ata alí.
Adolfo miró a la chica y se sonrojó pero ella, le soltó de golpe: Por min non se corte, marcho para dentro da cova e faga o que lle pete. Y dio media vuelta encaminándose a donde había dicho.
-Vostede que di señor Benito,¿Probamola auga?
-¿E porque non? ¿Senón como imos a convecer ós demáis?
Y empezaron los dos a sacar la ropa; cuando estuvieron como Dios los trajo al Mundo se metieron en el mar y lo encontraron muy frío. ¿E esta é auga quente?-Dijo señor Benito-, arre carallo, imos quedar xeados.
-Cale e ande ata xunta ó burro, que alí está a quente.- Le animaba Adolfo que ya se le había puesto piel de gallina.
Cuando comenzaron a sentir el calor, el agua les daba por el cuello, y ahora sí, ahora disfrutaban del baño caliente como nunca antes habían conocido; ellos empezaron a saltar y cuando bajaban metían las cabezas bajo el agua, notaban aquel olor algo desagradable pero el agua era una gloria. Adolfo se abrazó al burro jugando pero éste movió la cabeza a un lado y a otro hasta que se lo sacó de encima. Pepito quería libertad. Demasiado prisionero y esclavo había sido en su vida.
Alberto los miraba riendo desde la orilla, de pronto aquellos dos hombres adultos se habían convertido en niños y eso le causaba tal alegría, que no pudo resistirse a llamar a Priscila que al oírlo, salió corriendo y se unió a él en la risa y en el goce.
Cuando se acabaron las bromas, todos se apuraron a recoger lo necesario para emprender, por fin, el viaje de regreso a la dura civilización. Pepito ni siquiera se enteró de que quedaba solo; pero qué le importaba a él, si solo o acompañado era el burro más feliz del Mundo: A última hora, Priscila decidió no despedirse de él para evitar disgustos. Así que subieron todos a bordo, primero el señor Benito, luego Adolfo, luego Priscila seguida de su perro Pardo, y por fin, Alberto soltó el cabo y saltó también a bordo. El señor Benito se ocupó del manejo del timón mientras los otros dos hombres remaban tranquilos; el Sol se estaba poniendo y teñía el horizonte de rojo, al principio puso proa a la Isla de Arosa para luego, a medio camino, virar a estribor y tomar el definitivo rumbo directo a la Torre de San Saturnino. Allí al lado era el pequeño muelle de Santo Tomé y sería donde iban a desembarcar. El mar estaba como un plato y no había ocurrido ningún incidente, al contrario, todos estaban muy contentos y con ganas de poner el pié en tierra. El pueblito de Alberto, pensaba Priscila; ¿Qué pensarían sus vecinos cuando lo vieran aparecer? Hoy desde luego, no lo iba a conocer nadie aunque lo vieran, con aquella pelambrera y la barba hasta el pecho era imposible. Precisamente por eso hicieron tiempo para llegar de noche, no le gustaba que nadie lo viera hasta el día siguiente, después de haber tenido tiempo de asearse y estar presentable. Y otro tanto pasaría con Priscila, que tendría que buscar una ropa adecuada, aún no sabían cómo, debería bañarse en una bañera de agua caliente y desenredar los pelos, que al ser tan grandes, se enmarañaban todos.
-¿Qué tal, todo listo?- Dijo el señor Benito-
- Si señores, total temos pouco que levar, eu diría que só os nosos corpos, e o can claro; o burro será mellor que quede aquí logo.
-Sí, nos coidaremos dél; non lle terei en conta o que me fixo onte que senón, tería que darlle unha boa zurra.
-Que non sepa eu que lle pon un unha man encima, senón son capaz de poñerlla eu a vostede.
-Non te preocupes neno, que diso encargome eu- dijo Adolfo-
En este momento llegó la chica seguida del perro, el burro se había quedado comiendo yerba entre la espesura, se acercó presurosa diciendo: Veñan comigo, teño que enseñarlle o que lle dixen onte. Y pasó prácticamente de largo sin mirar a ninguno. Ellos la siguieron presurosos y después de un buen trecho hacia el norte, divisaron una playita coqueta donde terminaba la campiña; las olas morían en aquella playa de una forma reposada, como lamiendo la arena mansamente. Ella se volvió y dijo: ¿Ven ista praíña pequena?
-Si claro, asintieron todos.
-Pois aquí foi onde saquéi a Alberto, aquí mesmo fíxenlle o boca a boca, porque xa non respiraba, tiña os pulmons anegados dauga. E aquí…Empecéi a querelo.- Hay que sorte tivo o condenado- dijo riendo el señor Benito-non había ser eu-.
- Cala Benito cala, ti e mais eu xa non estamos para esas cousas.
-Tí fala por ti ¿Sí? que eu inda ben podo.
-¡Calade todos! Que se viñemos aquí foi por algo; e isto é outro favor que vos vou facer; anque non estou segura que o merezades. Ista é a praia de San Sebastián. Gravade ben o nome na cachola. E as parexas que non poidan ter fillos, teñen que vir aquí de noite, coller berberichos que aquí hai moitos, mirade- y con las manos sacó fácilmente un puñado, que empezó a abrir y comer- logo teñen que aparearse aquí enriba desta area e así Terán fillos. Para que iso sea mais seguro, deben esperar a que pasen catorce días desde que a muller tivo o último sangrado; os millores días son entre o catorce e o dezaseis; e inda hai mais, se a lúa é minguante sairá unha nena e deberá chamarse: Sebastiana; e se a lúa e crecente será neno e entón chamarase: Sebastián. ¿Entendestes ben?
-Mais ou menos. Dijo el señor Benito. Así así dijo Adolfo moviendo una mano.
-Pois debedes facer un esforzo por entendelo ben, porque isto tamén vos vai reportar cartos. En canto empecedes a dicir por ahí a eficacia desto, moitos matrimonios que desexan ter fillos e non o consiguen; acudirán a vos para que os traiades aquí. ¿Non vos dades conta?
-Si claro, xa pensaramos neso, mais despois pódesnolo repetir ¿SÍ?
-Claro que sí, e senón preguntádeslle a Alberto. Agora vouvos ensinar o manantial, que é o mais importante; pero queda na outra banda, así que toca andar.
De camino al manantial ella iba delante a marcha de granaderos; y los otros detrás, a veces tenían que echar una carrerilla para acercarse a ella; mientras tanto le preguntaban a Alberto por lo que ella les había dicho en la playa pero éste, que en realidad no sabía nada de todo aquel discurso, les contestaba que tampoco él lo había entendido bien; por lo tanto ya le pediría a ella que se lo explicase detenidamente y luego ya se lo diría a ellos. De pronto llegaron a la zona de las aguas calientes, al este de la Isla, y ella antes de mostrárselas, le enseñó su cueva, de lo que ellos quedaron admirados por lo organizada y limpia que estaba. El perro permanecía acostado a la puerta como era su costumbre cuando ellos salían sin llamarle, ella le dijo que saliera y se fue a dar una vuelta sin alejarse mucho.
-Hoxe antes de marchar, taparemos ista cova con polas de Piñeiro ou outra cousa semeñante para que nadia a vexa; e vos seredes os encargados de que nadia entre aquí; se alguén pregunta que é, decídeslle que é a cova da Toxa e que ahí non se pode entrar para non despertar a súa ira, ¿Queda entendido?
-Sen ninguna dúbida, -contestou señor Benito mentras Adolfo asentía coa cabeza.
-E daquí en diante, cando vos refirades a ista Illa, quero que digades a Illa da Toxa, para que ise nome lle quede metido na cachola a todo ó mundo.¿De acordó?
-De acordó, o que vostede mande. E dígame unha cousa, ¿Cómo lle chameremos a aquel illote pequeno questá alí cara ó nordés.- Ella miró y se quedó dudando, hasta que Alberto la vino a sacar de apuros diciendo: Isa é a Toxa Pequena.
-Moi ben, pois penso que xa está todo arranxado- dijo señor Benito- por certo, ¿Dónde raio anda o burro oxe?
-Priscila lanzó el consabido silbazo y el Pepito apareció trotando y rebuznando loco de alegría.
-Mal raio ó parta, parece un mozo; e eu que pensei que xa estaba dando malvas fai unha chea de tempo, ¡Manda carallo con don Pepito!
El burro les echó una mirada y se fue directo al agua, se metió en el mar mientras su antiguo dueño y su compañero lo miraban asombrados, y se introdujo más al interior hasta que encontró su agua tibia de siempre y se sumergió hasta que se le perdió de vista el lomo y hasta la misma cabeza. Aquello era increíble.
-Ahí tenéis el manantial,-ellos miraron sin comprender- el burro os lo está mostrando, mirar allí.
-Pero ¿Cómo vai a haber auga quente no medio do mar? Dijo ahora Adolfo.
-A cousa é fácil,- contesto Alberto,-se non o cré, saque a roupa e vaia ata alí.
Adolfo miró a la chica y se sonrojó pero ella, le soltó de golpe: Por min non se corte, marcho para dentro da cova e faga o que lle pete. Y dio media vuelta encaminándose a donde había dicho.
-Vostede que di señor Benito,¿Probamola auga?
-¿E porque non? ¿Senón como imos a convecer ós demáis?
Y empezaron los dos a sacar la ropa; cuando estuvieron como Dios los trajo al Mundo se metieron en el mar y lo encontraron muy frío. ¿E esta é auga quente?-Dijo señor Benito-, arre carallo, imos quedar xeados.
-Cale e ande ata xunta ó burro, que alí está a quente.- Le animaba Adolfo que ya se le había puesto piel de gallina.
Cuando comenzaron a sentir el calor, el agua les daba por el cuello, y ahora sí, ahora disfrutaban del baño caliente como nunca antes habían conocido; ellos empezaron a saltar y cuando bajaban metían las cabezas bajo el agua, notaban aquel olor algo desagradable pero el agua era una gloria. Adolfo se abrazó al burro jugando pero éste movió la cabeza a un lado y a otro hasta que se lo sacó de encima. Pepito quería libertad. Demasiado prisionero y esclavo había sido en su vida.
Alberto los miraba riendo desde la orilla, de pronto aquellos dos hombres adultos se habían convertido en niños y eso le causaba tal alegría, que no pudo resistirse a llamar a Priscila que al oírlo, salió corriendo y se unió a él en la risa y en el goce.
Cuando se acabaron las bromas, todos se apuraron a recoger lo necesario para emprender, por fin, el viaje de regreso a la dura civilización. Pepito ni siquiera se enteró de que quedaba solo; pero qué le importaba a él, si solo o acompañado era el burro más feliz del Mundo: A última hora, Priscila decidió no despedirse de él para evitar disgustos. Así que subieron todos a bordo, primero el señor Benito, luego Adolfo, luego Priscila seguida de su perro Pardo, y por fin, Alberto soltó el cabo y saltó también a bordo. El señor Benito se ocupó del manejo del timón mientras los otros dos hombres remaban tranquilos; el Sol se estaba poniendo y teñía el horizonte de rojo, al principio puso proa a la Isla de Arosa para luego, a medio camino, virar a estribor y tomar el definitivo rumbo directo a la Torre de San Saturnino. Allí al lado era el pequeño muelle de Santo Tomé y sería donde iban a desembarcar. El mar estaba como un plato y no había ocurrido ningún incidente, al contrario, todos estaban muy contentos y con ganas de poner el pié en tierra. El pueblito de Alberto, pensaba Priscila; ¿Qué pensarían sus vecinos cuando lo vieran aparecer? Hoy desde luego, no lo iba a conocer nadie aunque lo vieran, con aquella pelambrera y la barba hasta el pecho era imposible. Precisamente por eso hicieron tiempo para llegar de noche, no le gustaba que nadie lo viera hasta el día siguiente, después de haber tenido tiempo de asearse y estar presentable. Y otro tanto pasaría con Priscila, que tendría que buscar una ropa adecuada, aún no sabían cómo, debería bañarse en una bañera de agua caliente y desenredar los pelos, que al ser tan grandes, se enmarañaban todos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada