domingo 16 de enero de 2011

A TOXA - CAPÍTULO XI: EL AMOR

La conversación se fue animando y ella le contó las maravillas de la vida en la casa de su padre, antes de su incomprensible enfermedad, y las desgracias sufridas a partir de ella. Su “misteriosa curación” y su deseo de quedarse a vivir allí para siempre; de todas formas, para sus padres, que era lo que más había querido, ya estaba muerta; después de los años pasados sin que supieran nada de ella, era imposible que creyeran que seguía viva.
Él le dijo que estaba solo en el Mundo, su madre había muerto cuando él aún era un niño y su padre pereciera ahogado hacía dos años; por lo tanto, no tenía inconveniente en quedar a vivir allí con ella; si se lo permitía claro.
Estuvo ella de acuerdo en que se quedase el tiempo que quisiera, y sellaron la nueva compañía con un efusivo apretón de manos:
-Me llamo Priscila y quiero que desde este momento nos tuteemos.
-Yo me llamo Alberto y estoy aquí para servirte en todo; y gracias por haberme salvado la vida.
-De nada hombre, no te pongas dramático y alegra esa cara, que pareces un funeral. Ah, se me olvidaba presentarte a Pardo, aquí presente.
-Hola pardo, dijo él mientras aún con miedo, le rascaba detrás de las orejas; el perro volvió la cabeza y le lamió la mano, señal inequívoca de que lo recibía como un amigo.
-Y aún queda un miembro de esta familia,-el enarcó una ceja extrañado- sí hombre, es nuestro Pepito, que está ahí fuera o anda dando una vuelta, ya lo conocerás luego.
-Vaya, ¿Y cómo nos vamos a arreglar para dormir todos aquí? me parece poco espacio para tanta gente.
-Ella se rió con ganas diciendo: Pues no lo sé, tú tendrás que buscar un sitio fuera, porque no querrás que eche fuera a mi gente amiga para meterte a ti ¿Verdad?
-De ninguna manera,-se apresuró a decir él- yo me arreglaré en cualquier parte, ¡faltaría más!
-Pues mira, ahora que no llueve vamos a fuera que te presento a Pepito.
Él se dio la vuelta y salió el primero, ella detrás disimulando la risa; miró a su alrededor y al no ver al borrico metió dos dedos en la boca y dio un silbido que sorprendió al joven y se quedaron mirando uno al otro un momento, pero aún no pasara un minuto cuando Pepito asomó su cuerpo relleno y lanoso por entre los arbustos del bosque. Se acercó a ella y la rozó con su cabeza; ella lo abrazó por el cuello y dijo: Este es Pepito, espero que seas su amigo, porque es el mejor y más feliz borrico del Mundo. – Se miraron a la cara fijamente, y de golpe empezaron a reír a carcajadas, el burro se contagió de aquel momento alegre, y empezó a rebuznar mirando al Cielo, que por lo que se ve, era su forma de reír también; y unos por los otros, reían cada vez más hasta que ya no pudieron con el cuerpo y Alberto, terminó abrazado a Pepito mientras Pardo le frotaba las piernas.
Desde aquel día, la vida en la Isla fue muy distinta; se decidió que dormirían los dos en la gruta, ella ya tenía su cama bien mullida con hojarasca y yerba seca en la parte izquierda de la entrada; al fondo estaba el fogón permanentemente encendido, con una salida de humos que ella había escarbado entre las piedras, y ahora habría que preparar otra cama para su nuevo huésped, que iría a la derecha de la entrada. El problema era que aquellos días llovía bastante y estaba todo mojado, habría que esperar hasta que estuviera seco para recoger las hojas y las yerbas secas para construirla. Él no se inmutó y dijo que de momento dormiría en el suelo, sobre la arena que allí dentro estaba caliente. El perro seguía durmiendo entre ambos, y el burro a la puerta.
Priscila paseaba ahora bajo los frondosos pinos acompañada del arrogante mozo que estaba logrando el milagro de despertar en ella el amor que tanto tiempo estuviera dormido.
Llegó la primavera y el cariz de la Isla cambió rotundamente. Los pinos rebrotaron, los robles y castaños se volvieron a vestir de verde, la campiña se tornó mullida y fresca y por doquier, las florecillas silvestres embellecían y aromatizaban el ambiente. Todo era belleza, todo era poesía; porque brío, belleza y poesía, es lo que sienten los corazones enamorados. Hasta los pajarillos, enamorados también, los despertaban cada mañana con su musiquilla melodiosa.

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