domingo 16 de enero de 2011

A TOXA - CAPITULO X: EL NÁUFRAGO

Era ya el cuarto invierno que pasaba en la Isla cuando un día, en la crudeza de una tempestad desaforada, oyó gritos de socorro desde el mar, salió de la cueva y oteó el horizonte; después de mucho mirar y oír varios gritos de ¡Auxilio!... ¡Socorro!... Divisó entre los espumarajos de las imponentes olas a un hombre que se aferraba con desesperación a un trozo de madera y gritaba cuanto podía cada vez que su cabeza salía a flote.
Sin pensarlo dos veces se lanzó al agua y nadó con todas sus fuerzas para rescatarlo de una muerte cierta; logró arrastrarlo semi-inconsciente hasta la playa y allí trabajó en él con ahínco, haciéndole la respiración boca a boca para reanimarlo; cuando volvió en sí lo introdujo en la cueva para que se calentara junto al chisporroteante brasero y le dio a beber agua de flor de tojo bien caliente. El hombre, cuando lo sacó del mar estaba congelado, y luego estaba aterido, pero lentamente fue reanimándose y tomando consciencia de la situación.
Aparentaba unos veinticinco años, fuerte, robusto y de porte varonil, de pómulos salientes y mentón arrogante, de piel morena y pelo negro. Priscila sintió un estremecimiento cuando le oyó decir con voz bien templada y grave:-¿Quién es Usted? ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?...
Después de tanto tiempo sin hablar con ningún humano, se sintió emocionada y las frases brotaron de su boca entrecortadamente.
-Quien debe hacer las preguntas soy yo, lo he salvado de morir ahogado y creo que me debe una explicación; primero, como se llama, segundo, como llegó hasta aquí, tercero, qué estaba haciendo cuando cayó al mar, cuarto, de dónde es… y creo que aún habrá algo más que explicar. De mí hablaremos después.
- Me llamo Alberto,-dijo él un poco cohibido- anoche estábamos pescando cerca de Sálvora cuando llegó el gran temporal que nos arrastró y estrelló el barco contra unos bajíos; yo me amarré a lo que encontré a mano y decidí aguantar lo que pudiera. De los otros no sé nada, éramos cuatro a bordo. El mar me llevó a donde quiso y yo no sé donde estoy. Le doy las gracias por haberme ayudado porque estaba al límite de mi resistencia, seguro que si no fuese por Usted, ahora estaría muerto; de hecho, en el momento que me echó la mano perdí el conocimiento. La verdad es que fueron muchas horas las que resistí, no sé como fui capaz. Yo soy de Santo Tome de Cambados, hemos salido ayer por la noche a pescar mis compañeros y yo, y no esperábamos semejante temporal, fue increíble, parecía el fin del mundo.
Pues ahora me toca hablar a mí y le diré que lo salvé de ahogarse por poco, gracias a que oí a tiempo sus gritos de socorro. En cuanto a donde está, esto es una Isla de la que ni sé si tiene nombre y quién soy, soy la única habitante a quién solo acompaña mi perro Pardo y últimamente también el borrico Pepito, aquí presentes. ¿Satisfecho?
El joven puso unos ojos como platos y reculando temerosamente hacia la salida, decía:
“-¡A Toxa! ¡Bostede é a Toxa! Non me faga dano Por favor! Ireime anque sea a nado pero non me faga dano.”
-¿Por qué iba a hacerle daño?, si esa fuera mi intención no le habría salvado ¿No cree? pero... ¿A qué viene ese temor y esas palabras sin sentido?, ¿No se habrá perturbado su mente a causa de verse ahogado?
-No no, Usted es a Toxa, la mujer que destroza a los hombres.
-Pero… ¿De dónde ha salido ese cuento?
-Lo sabe todo el mundo.
Entonces, Priscila se acordó de lo ocurrido dos años antes y se sonrió.
-No te preocupes hombre, que no te haré ningún daño, mi perro se lo echo solo a los que vienen con intenciones deshonestas.
-¿De verdad que no me echará el can?
-No hombre no, anda, siéntate y cuéntame esa historia de fantasía pura.
El hombre se acercó temerosamente y se sentó frente al fuego sin apartar los ojos del perro que dormitaba en una esquina. Estuvo hablando mucho tiempo de lo que se decía y las aventuras que se le atribuían a la habitante de la Isla, a la que ya le llamaban a Toxa. Ella no tuvo más que reír de buena gana del largo relato y díjose que eso estaba bien, así por lo menos, los indeseables la dejaban tranquila.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada