sábado 18 de diciembre de 2010
A TOXA - CAPITULO VII: A TOXA Y SU LEYENDA
Los malhechores, al llegar al mísero embarcadero de la aldea, tan maltrechos y sangrantes, fueron interrogados con sorpresa por sus vecinos
-¡Vindes vos! ¿Quen raio vos puxo así?- le dijo uno-
- Loado sea Deus ¿Qué animal vos atacou?- dijo otro- Y así continuaron preguntando varios mientras ellos estaban alelados y pensando lo que mejor podían responder para salvaguardar su honra.
- Foi a Toxa, foi a Toxa…-contestó uno-
-Pero ¿Qué diantre e a Toxa esa do Demo?- preguntó otro-
-É unha muller bonita coma un Sol de abril e fera coma un tigre, que está na Illa. Eso é unha cousa do outro Mundo.
-É brava coma un toxo, por eso lle chamamos a Toxa; atacounos cando pañabamos marisco tranquilamente. E ten un can antropófago que por pouco despézanos.
La historia sobrecogió a la gente y fue corriendo de boca en boca con las consiguientes exageraciones que se van añadiendo cuando pasa de una boca a otra; y teniendo en cuenta que ya los indeseables actores ya habían empezado con exageración y mentira, la bola fue creciendo hasta el infinito. Desde entonces, al referirse a aquella Isla, la llamaron: “A Illa da Toxa”. La citada Isla, aún hoy conserva el mismo nombre pero cuando llegaron a Galicia las castellanizaciones, algunas de risa, ésta se convirtió en La Isla de La Toja; que ahora está volviendo a sus orígenes por la fuerza que hacen los Galeguistas con mucha razón. Hoy se ha convertido en un paraíso para los turistas, pero aún conserva la belleza salvaje de aquellos tiempos.
Fueron muchos los curiosos que desde aquel día se acercaron a la Isla pretendiendo ver a Toxa. Hubo alguno que tuvo suerte y logró verle de lejos, pero ella, viviendo siempre alerta, supo esquivarlos escondiéndose algunas veces y otras haciéndolos correr obligados por el can que les mordía los calzones.
Todo ello contribuyó a hacer aún más fantástica la leyenda. No había nadie en toda la Ría que no oyera las exageradas historias que se contaban “da Toxa”, la mujer hermosa y salvaje que habitaba aquella Isla, la cual atraía a los hombres con su belleza para despedazarlos salvajemente entre ella y su lobicán.
-¡Vindes vos! ¿Quen raio vos puxo así?- le dijo uno-
- Loado sea Deus ¿Qué animal vos atacou?- dijo otro- Y así continuaron preguntando varios mientras ellos estaban alelados y pensando lo que mejor podían responder para salvaguardar su honra.
- Foi a Toxa, foi a Toxa…-contestó uno-
-Pero ¿Qué diantre e a Toxa esa do Demo?- preguntó otro-
-É unha muller bonita coma un Sol de abril e fera coma un tigre, que está na Illa. Eso é unha cousa do outro Mundo.
-É brava coma un toxo, por eso lle chamamos a Toxa; atacounos cando pañabamos marisco tranquilamente. E ten un can antropófago que por pouco despézanos.
La historia sobrecogió a la gente y fue corriendo de boca en boca con las consiguientes exageraciones que se van añadiendo cuando pasa de una boca a otra; y teniendo en cuenta que ya los indeseables actores ya habían empezado con exageración y mentira, la bola fue creciendo hasta el infinito. Desde entonces, al referirse a aquella Isla, la llamaron: “A Illa da Toxa”. La citada Isla, aún hoy conserva el mismo nombre pero cuando llegaron a Galicia las castellanizaciones, algunas de risa, ésta se convirtió en La Isla de La Toja; que ahora está volviendo a sus orígenes por la fuerza que hacen los Galeguistas con mucha razón. Hoy se ha convertido en un paraíso para los turistas, pero aún conserva la belleza salvaje de aquellos tiempos.
Fueron muchos los curiosos que desde aquel día se acercaron a la Isla pretendiendo ver a Toxa. Hubo alguno que tuvo suerte y logró verle de lejos, pero ella, viviendo siempre alerta, supo esquivarlos escondiéndose algunas veces y otras haciéndolos correr obligados por el can que les mordía los calzones.
Todo ello contribuyó a hacer aún más fantástica la leyenda. No había nadie en toda la Ría que no oyera las exageradas historias que se contaban “da Toxa”, la mujer hermosa y salvaje que habitaba aquella Isla, la cual atraía a los hombres con su belleza para despedazarlos salvajemente entre ella y su lobicán.
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