sábado 18 de diciembre de 2010

A TOXA - CAPITULO IX: EL BORRICO PEPITO

Una mañana oyó un ruido extraño y enseguida se puso en guardia, primero escuchó para orientarse de donde venía y entonces se fue acercando agachada con mucha cautela. Lo primero que vio fue un borriquillo despellejado, herido, encogido… parecía a punto de entregarse al creador; a su lado estaba un hombre mayor, de pequeña estatura pero robusto; lo miraba de frente y de vez en cuando le decía algunas palabras que ella no podía oír bien. Decidió arrastrarse por el suelo para no ser vista y acercarse para escuchar lo que aquel hombre decía. Cuando estuvo más cerca oía perfectamente el monólogo que el hombre le contaba al burro:
- Xa ves que non teño mais remedio Pepito, estás tan enfermo e vello que xa non podes cos teus osos, así que aquí, ti soiño, os días que vivas válo pasar moi ben. Herba sóbrache, e tranquilidade tamen. Así que vasme perdoar pero agora marcho; por un lado pódeste sentir ditoso, non calquera acaba os seus días nun lugar coma este…
-¿Ti vés ou non? ¡oi que carallo! vannos dar as tantas e ti non acabas co a despedida, se non ves déixote ahí.
Ella desvió la vista y vio al otro hombre que le hablaba desde una barca bastante grande. En ese momento el hombre que se despedía dio media vuelta y echó a andar hacia la barca, se metió en ella con su compañero y ambos remaron hacia el el nordeste, aunque en aquel rumbo quedaba muy lejos.
Ella quedó allí estirada sobre la yerba hasta que ellos se alejaron lo suficiente para que no la viesen; luego se levantó lentamente y se acercó al burro, lo miró detenidamente y vio que padecía alguna enfermedad que le hacía caer el pelo y aparte de que fuese o no viejo, había pasado mucha hambre porque el pobre estaba en los huesos. Estaba de pie pero no daba un paso, así que ella arrancó un puñado de yerba fresca y blanda y se la acercó al hocico; al principio pareció no hacer caso, pero pasado un rato, primero la olió y luego, intentó darle un mordisco; tomó un poco entre sus dientes estropeados e intentó mascarla, como he dicho la yerba era blanda y logró masticarla lo suficiente para tragarla; ella se puso contenta y fue a por más, que volvió a darle y el borrico siguió comiendo lentamente, pero tomando un alimento que lo haría revivir. Cuando lo creyó oportuno no le dio más y le dijo: Ahora ya comiste bastante Pepito, ven conmigo para beber en el arroyo, verás que contento te vas a poner. El burro quedó un poco desconcertado al ver que ella se iba pero luego, poquito a poco la fue siguiendo hasta que llegaron a cerca de donde ella vivía y entonces lo dirigió al regato para que bebiera, lo que el pobre hizo con ganas. Ya perecía otro, su mirada era más directa y alegre y sus orejas, antes caídas, estaban ahora erguidas. Se fijó bien en él y se dio cuenta de que padecía una enfermedad que le hacía caer el pelo, su piel iba quedando desnuda, y donde aún no le había caído, estaba amarillenta. Se veía que aparte de la enfermedad que padecía había sufrido mucho con su duro trabajo, y seguro que también maltratado, a juzgar por los golpes y cicatrices que se le veían en la piel desnuda. El borrico estaba falto de buenos tratos y enseguida se encariñó con Priscila, que lo llevaba a donde había mejor yerba e incluso se la daba con la mano, trato que él nunca recibiera, le frotaba con puñados de yerba seca, y a él le encantaba; y por las mañanas se bañaba con ella en aquella agua templada que al principio, le dio algún reparo, pero ahora no podría pasar sin ella. Dormía a la puerta de la cueva, al lado de Pardo que lo acogió como un hermano torpe. Y por el día le quedaba tiempo para que los tres dieran largos viajes por la Isla.
Pepito nunca había disfrutado una vida como aquella, se sentía el rey de los burros; y las fuerzas fueron volviendo a su otrora maltrecho y débil cuerpo; las pieles se le fueron despegando de los huesos a causa de la almohadilla de carne y grasa que iba acumulando gracias a los cuidados de su amiga; incluso ya trotaba para jugar con ella y Pardo, que igual corría un poco delante de él como se quedaba atrás y luego lo seguía dando ladridos para que él corriera.
Cuando Pepito llevaba una luna en la Isla,- lo de la luna era la manera de contar el tiempo que tenía Priscila, allí no había otra forma- La chica, que todos los días le prestaba una gran atención, vio que las calvas empezaban a mejorar e incluso juraría que ya le estaba saliendo pelo nuevo. Y donde antes tenía el pelo amarillo, ahora empezaba a ser gris. No cabía duda, ¡Pepito se estaba curando! ¡Como le había ocurrido a ella! ¡Qué alegría Dios mío!: Tenía yo razón – dijo alborozada- ésta es un manantial termal curativo de los que hablan los latinos. Aquel día se fue a la playa con los animales, por la tarde, y recogió una buena cantidad de almejas y navajas, que a la noche asó en las brasas y se dio un buen banquete para celebrar el principio de la recuperación de su amigo Pepito.

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