jueves 2 de diciembre de 2010
A TOXA - CAPITULO IV: LA DESAPARICIÓN
Cuando a la mañana siguiente la servidumbre notó la ausencia de Priscila, corrieron a dar cuenta a sus padres. Doña Casilda, su madre, se desmayó y tuvieron que transportarla inconsciente a su cama entre cuatro sirvientas; allí lloró desconsoladamente hasta que en sus lagrimales ya no quedaba más líquido. Lloró por la desaparición de su hija; lloró también porque ahora se daba cuenta de cuan olvidada la había tenido y se achacaba a sí misma toda la culpa de su pérdida.
Su padre, Don Pedro Gándara del Valle, Duque del Salnés; hombre comedido y enérgico, de vuelta ya de todos los avatares de la vida; lo tomó con mucha calma, era como si ya estuviera esperando la noticia, sin prisas, mandó salir en su búsqueda a seis hombres, montados en los seis mejores corceles de su abundante ganadería. Cada uno partió en una dirección distinta y tres días más tarde volvieron todos extenuados por el cansancio y el sueño, sin que ninguno hubiera hallado ningún rastro de la fugitiva.
La vida normal fue reanudándose en el Pazo y al cabo de tres semanas ya nadie hablaba de la desaparecida; tan solo su madre seguía con la espina clavada en lo más hondo de su corazón y rezaba todas las noches a la Santísima Virgen para que la amparara en su camino.
Aquella noche durmió Priscila sobre el suelo acolchado por la verde yerba de la isla, escondida entre unos arbustos floreados y custodiada por el fiel Pardo. Al día siguiente por la mañana, nada más despuntar el Sol, escondió el atado de sus magras pertenencias bajo unas rocas de la playa y se dedicó a explorar lo que ella ya consideraba sus dominios.
La isla no era grande, pero le llevó todo un día recorrerla; ella lo miraba todo fijándose cuidadosamente en todos los detalles. Parecía estar deshabitada pero eso no era óbice para estar tranquila, por allí podía aparecer cualquiera. Por la parte norte quedaba muy lejos de tierra, por el este quedaba más cerca y por sur y el oeste mucho más cerca todavía; por allí debía de haber entrado ella; pero no había visto aquellas míseras casas, seguramente de pescadores, apiñadas en la ladera de un otero que quedaría a unos mil pasos al otro lado del mar. Esto fue un inconveniente para Priscila que temió ser descubierta por los habitantes de aquella aldea. Por lo tanto se instaló en la parte opuesta, o sea, allí donde cada mañana nacía el rosado y radiante Sol que reflejado en el mar, despedía destellos de oro viejo.
Instaló la habitación en una choza natural entre unas rocas, y como en la playa abundaban los variados y ricos mariscos y en el bosque también había caza en abundancia que Pardo se encargaba de abatir para ella; se daba grandes banquetes de ostras, berberechos y almejas, o de conejos y liebres asadas en el fuego, que mantenía encendido constantemente en la cueva; para tenerla caliente y para ahorrar cerillas, que aunque le quedaban muchas, no era cuestión de despilfarrar algo tan valioso; además por la leña no tenía problemas, en el bosque había muchas ramas secas y en las playas, cada día aparecían toda suerte de tablas que el mar arrastraba en cada marea y una vez secas, ardían lentamente haciendo unas brasas estupendas. Muy cerca, había un manantial de agua cristalina, con lo cual quedaban sus necesidades básicas a cubierto.
Su padre, Don Pedro Gándara del Valle, Duque del Salnés; hombre comedido y enérgico, de vuelta ya de todos los avatares de la vida; lo tomó con mucha calma, era como si ya estuviera esperando la noticia, sin prisas, mandó salir en su búsqueda a seis hombres, montados en los seis mejores corceles de su abundante ganadería. Cada uno partió en una dirección distinta y tres días más tarde volvieron todos extenuados por el cansancio y el sueño, sin que ninguno hubiera hallado ningún rastro de la fugitiva.
La vida normal fue reanudándose en el Pazo y al cabo de tres semanas ya nadie hablaba de la desaparecida; tan solo su madre seguía con la espina clavada en lo más hondo de su corazón y rezaba todas las noches a la Santísima Virgen para que la amparara en su camino.
Aquella noche durmió Priscila sobre el suelo acolchado por la verde yerba de la isla, escondida entre unos arbustos floreados y custodiada por el fiel Pardo. Al día siguiente por la mañana, nada más despuntar el Sol, escondió el atado de sus magras pertenencias bajo unas rocas de la playa y se dedicó a explorar lo que ella ya consideraba sus dominios.
La isla no era grande, pero le llevó todo un día recorrerla; ella lo miraba todo fijándose cuidadosamente en todos los detalles. Parecía estar deshabitada pero eso no era óbice para estar tranquila, por allí podía aparecer cualquiera. Por la parte norte quedaba muy lejos de tierra, por el este quedaba más cerca y por sur y el oeste mucho más cerca todavía; por allí debía de haber entrado ella; pero no había visto aquellas míseras casas, seguramente de pescadores, apiñadas en la ladera de un otero que quedaría a unos mil pasos al otro lado del mar. Esto fue un inconveniente para Priscila que temió ser descubierta por los habitantes de aquella aldea. Por lo tanto se instaló en la parte opuesta, o sea, allí donde cada mañana nacía el rosado y radiante Sol que reflejado en el mar, despedía destellos de oro viejo.
Instaló la habitación en una choza natural entre unas rocas, y como en la playa abundaban los variados y ricos mariscos y en el bosque también había caza en abundancia que Pardo se encargaba de abatir para ella; se daba grandes banquetes de ostras, berberechos y almejas, o de conejos y liebres asadas en el fuego, que mantenía encendido constantemente en la cueva; para tenerla caliente y para ahorrar cerillas, que aunque le quedaban muchas, no era cuestión de despilfarrar algo tan valioso; además por la leña no tenía problemas, en el bosque había muchas ramas secas y en las playas, cada día aparecían toda suerte de tablas que el mar arrastraba en cada marea y una vez secas, ardían lentamente haciendo unas brasas estupendas. Muy cerca, había un manantial de agua cristalina, con lo cual quedaban sus necesidades básicas a cubierto.
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