viernes 19 de noviembre de 2010

A TOXA

A Toxa, va a ser una serie de capítulos por entregas de la ultima historia que estoy escribiendo, basada en viejas leyendas de A Illa de A Toxa y nuevas aportaciones de cosecha propia.

Esperando que os guste.

RODRIGO PAZ ARCOS

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CAPÍTULO I: LA ENFERMEDAD

Cuentan que hace muchísimos años, había una garrida moza de la nobleza gallega, afincada en la zona del Salnés. Era tan bella, que los mejores partidos de toda Galicia se batían en duelo por conseguir su mano; sus padres estaban ufanos de tener una hija tan hermosa y deseada y la querían tanto, que más que cariño se diría adoración.
Había sido educada en los mejores colegios de monjas y lo más importante es que había aprendido mucho más que cualquier noble de su tiempo,- ¡Es una esponja absorbiendo conocimientos!-Decía la madre Superiora- Habla cuatro idiomas perfectamente: El Castellano, el Latín, el Francés y el Italiano...Y se me olvidaba el Gallego, que lo domina mejor que los juglares que se ganan la vida con ello. En Matemáticas es un lince, nos deja a todas con la boca abierta; de Historia es una maestra, y puedo seguir diciendo lo mismo de Religión, Música etc. etc. Ha leído a los clásicos Griegos y Latinos, así como un estudio profundo de la Santa Biblia.
Cuál no sería su disgusto, y el de sus padres, al ver como aquella belleza embriagada de sabiduría, de piel rosada y porcelana fina; de la noche a la mañana se había cubierto de manchas negruzcas y protuberancias rojizas que pasadas unas horas se fueron volviendo purulentas y luego rompiendo unas, dejando pequeños volcanes en su dermis, mientras otras salían e iban creciendo, destrozando por completo aquella cara de alabastro que hasta ese momento había sido la admiración de los hombres y la envidia de las mujeres; y un par de días más tarde ya se había cubierto todo su cuerpo de aquella malignidad imparable, aquello era un desastre y una pena muy grande.
Sus padres no dudaron en llevarla a los más afamados Físicos y Curanderos de la época. Recorrieron con ella, en su coche de caballos, todas las ciudades de Galicia buscando a alguien que le devolviera la lozanía perdida a aquella joven tan agraciada e hija tan querida. Pero ninguno de los visitados conocía nada que pudiera curar aquella rara enfermedad. De momento, no había nada que hacer; según le había dicho más de un genio. Le mandaban ungüentos y líquidos varios pero nada aliviaba aquel indecoroso mal. Así que sin nada que hacer por el momento, se volvieron a su casa a esperar acontecimientos.
Las lenguas viperinas, infectadas de envidia, empezaron a urdir su venganza, y mientras unos mantenían que aquello era un castigo de Dios, por la soberbia con que había tratado a algunos pretendientes que habían perdido su vida tratando de conseguirla; para otros, aquella mujer era tan buena que aquello tenía que ser, de por fuerza, la enfermedad de los santos, y por tanto, incurable.
Fue pasando el tiempo y como la enfermedad no cedía, sino todo lo contrario; los moscones fueron alejándose asustados de poder contagiarse y asqueados de aquel desgraciado mal. Ya que la mujer de sus sueños debería tener la piel blanca y lisa de porcelana, como en el pasado había tenido Priscila, que así se llamaba la desdichada joven.
Poco a poco fueron abandonándola hasta que ya nadie hacía caso de ella; solo la acompañaba en sus largos paseos por los amplios jardines y bosques del pazo de sus padres: su fiel perro Pardo, el amargo recuerdo de sus, otrora pretendientes, y los melodiosos trinos de los variopintos pajarillos que la saludaban cada mañana desde la robleda.
Su padre, ocupado en las tramas políticas y la buena marcha de sus negocios; y su madre rodeada siempre de importantes visitas, apenas hacían caso de ella y muchas veces, la mandaban esconderse de la gente; cuando las visitas eran de una cierta importancia, la mandaban a su habitación hasta que se marcharan; porque sentían vergüenza de que su hija padeciera una enfermedad tan repugnante.
Completamente sola, olvidada de todo el mundo, pasaba las largas noches invernales encerrada en su habitación; tañendo el laúd y cantando coplas tan sentimentales que, según Filomena, la vieja ama de llaves, hacía llorar a las viejas y renegridas paredes del Pazo; y la servidumbre se amontonaba en los pasillos para escucharla, pues tenía una voz tan limpia, dulce y desgarradora, que partía los más firmes corazones.

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