viernes 19 de noviembre de 2010
A TOXA - CAPITULO II: LA DETERMINACIÓN
Así pasó mucho tiempo hasta que Priscila se fue cansando de su encierro; pero a sus Señores padres no se atrevía a decirles nada por miedo a la reprimenda y porque consideraba que tenían razón al librar a sus amistades de su repugnante presencia.
Pensó mucho lo que debería hacer para librar a sus progenitores, precisamente por lo mucho que les quería, de la vergüenza de su enfermedad. Y un día de marzo, cuando aflora la primavera; viendo a través de la ventana los jilguerillos volando entre las ramas de los cerezos en flor, decidió que había llegado el momento...Era la mejor solución para todos, y entonces pensó: ¡Me mataré!...No...No...Eso lo hacen los cobardes y yo no lo soy... ¿Me resignaré a mi encierro?...No ¡Por Dios! Eso es de Santos y yo desde luego...Eso tampoco lo soy... ¿Me fugaré...? Podría ser la mejor opción. Si me fugo, mis padres quedarán libres de esta carga que represento... ¿Y qué será de mí...? ¿A dónde iré?... Al bosque, sí, al bosque o al monte o a donde el viento me lleve y no puedan encontrarme. Un lugar al lado del mar donde nadie pueda verme; llevaré conmigo a mi perro Pardo y me alimentaré de mariscos y la caza que él me proporcione... ¡Ya está! ¡Esa es la solución! Así viviré tan libre como esos pajarillos que me cantan la mejor música nunca compuesta por ningún hombre, solo Dios podría componer algo tan hermoso.
Y con esta determinación, durante el resto del día se dedicó a escoger las piezas de ropa, de calzado y de aseo más necesarias; lo ató todo en una manta y lo escondió bajo su cama. Por la noche cenó con más apetito que nunca y cuando el personal se retiró a descansar, salió de su alcoba con mucho cuidado de no hacer ruido y fue directamente a la despensa; allí llenó una bolsa con jamón, chorizos, queso y fruta en abundancia, así como una buena hogaza de pan y varias cajas de cerillas, lo cual le permitiría vivir sin agobios durante una temporada. Volvió a su alcoba a recoger el bártulo de ropa y ya con todo a cuestas, se deslizó como un fantasma por los pasillos para salir silenciosamente por la puerta de personal. Cuando llegó al exterior, ya su amigo Pardo la esperaba dando saltitos como si se hubieran citado de antemano y sin más preámbulos, mujer y can se perdieron inmediatamente en la oscuridad tenebrosa de la robleda.
En la aldea ladraba un perro y en el bosque, con sus aullidos de malos presagios, un mochuelo lloraba tristemente. Priscila sintió que un escalofrío de muerte recorría su espina dorsal y se estremeció convulsivamente pero el noble perro, viendo que su ama vacilaba, comenzó a frotarle las piernas con su cuerpo para darle ánimos y de ésta forma, en la inmensa oscuridad que los envolvía, siguieron andando con mucha dificultad, alejándose cada vez más de su casa y de la gente que tanto amaba.
Pensó mucho lo que debería hacer para librar a sus progenitores, precisamente por lo mucho que les quería, de la vergüenza de su enfermedad. Y un día de marzo, cuando aflora la primavera; viendo a través de la ventana los jilguerillos volando entre las ramas de los cerezos en flor, decidió que había llegado el momento...Era la mejor solución para todos, y entonces pensó: ¡Me mataré!...No...No...Eso lo hacen los cobardes y yo no lo soy... ¿Me resignaré a mi encierro?...No ¡Por Dios! Eso es de Santos y yo desde luego...Eso tampoco lo soy... ¿Me fugaré...? Podría ser la mejor opción. Si me fugo, mis padres quedarán libres de esta carga que represento... ¿Y qué será de mí...? ¿A dónde iré?... Al bosque, sí, al bosque o al monte o a donde el viento me lleve y no puedan encontrarme. Un lugar al lado del mar donde nadie pueda verme; llevaré conmigo a mi perro Pardo y me alimentaré de mariscos y la caza que él me proporcione... ¡Ya está! ¡Esa es la solución! Así viviré tan libre como esos pajarillos que me cantan la mejor música nunca compuesta por ningún hombre, solo Dios podría componer algo tan hermoso.
Y con esta determinación, durante el resto del día se dedicó a escoger las piezas de ropa, de calzado y de aseo más necesarias; lo ató todo en una manta y lo escondió bajo su cama. Por la noche cenó con más apetito que nunca y cuando el personal se retiró a descansar, salió de su alcoba con mucho cuidado de no hacer ruido y fue directamente a la despensa; allí llenó una bolsa con jamón, chorizos, queso y fruta en abundancia, así como una buena hogaza de pan y varias cajas de cerillas, lo cual le permitiría vivir sin agobios durante una temporada. Volvió a su alcoba a recoger el bártulo de ropa y ya con todo a cuestas, se deslizó como un fantasma por los pasillos para salir silenciosamente por la puerta de personal. Cuando llegó al exterior, ya su amigo Pardo la esperaba dando saltitos como si se hubieran citado de antemano y sin más preámbulos, mujer y can se perdieron inmediatamente en la oscuridad tenebrosa de la robleda.
En la aldea ladraba un perro y en el bosque, con sus aullidos de malos presagios, un mochuelo lloraba tristemente. Priscila sintió que un escalofrío de muerte recorría su espina dorsal y se estremeció convulsivamente pero el noble perro, viendo que su ama vacilaba, comenzó a frotarle las piernas con su cuerpo para darle ánimos y de ésta forma, en la inmensa oscuridad que los envolvía, siguieron andando con mucha dificultad, alejándose cada vez más de su casa y de la gente que tanto amaba.
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